El miedo: de enemigo a combustible

El miedo es fascinante cuando se analiza por lo que realmente representa y por lo que es capaz de ofrecer. En un libro o una película puede convertirse en una de las emociones más absorbentes, capaz de tenerte pegado y dejarte al final con algo cercano a la catarsis. Pero en la vida cotidiana es una de las sensaciones más complejas de dominar.

Dejarse arrastrar por él es un error, porque te deja a merced de los acontecimientos. Dominarlo, en cambio, tiene el potencial de convertirse en casi un combustible adicional. Pienso en el trabajo, cuando me llega un cuadro de pagos pesado, impuestos, liquidez, plazos. Al principio siento pánico. Luego, como digo yo, en el undécimo segundo me activo. La mente inyecta noradrenalina, el pensamiento reticular se enciende, y empieza a organizar, construir, mover cada pieza en su lugar.

El miedo no desaparece. Cambia de papel

Gestionado así, el miedo no desaparece. Se queda, te observa, te dice «no subestimes esto.» En ese punto, si actúas con raciocinio, construyes los caminos y las acciones necesarias y llegas al evento con mayor serenidad. Y aunque no todo se resuelva perfectamente, haberlo afrontado en lugar de rendirte te deja igualmente con mayor conciencia y fortaleza interior.

Si en cambio te dejas arrastrar, si actúas con pánico e irracionalidad, tiende a crecer hasta vaciarte por dentro. Gestionarlo de otra manera no significa estar feliz y contento. Significa estar en bienestar. El bienestar es ese estado en el que, incluso ante problemas y complejidad, la mente está satisfecha con cómo ha gestionado todo, ha comprendido sus errores y se permite el descanso merecido.

A menudo sin embargo lo olvidamos. E incluso tras una gestión correcta, aunque imperfecta, dejamos que el miedo vuelva a caer sobre nosotros y lo estropee todo.

Explicárselo a los hijos, sin mentir

Intento llevar este enfoque también con Marco y Amelia. Evito decirles «no tengas miedo» o «es una tontería tenerlo.» En cambio intento cambiar la dinámica del relato. Explicarles que el miedo a menudo viene de no conocer las variables, y que detenerse, observar y buscar esas variables ayuda a comprender mejor la situación.

Aquí Wittgenstein me resulta útil, incluso con ellos. Él señalaba cómo pensar demasiado nos lleva a construir abstracciones alejadas de la situación real, y cómo analizar el lenguaje, las palabras que usamos, ayuda a entender lo que está pasando de verdad. Con los niños funciona, a su manera. Y cuando a la conversación le sigue una experiencia concreta, entra Dewey, porque ellos tienen la capacidad natural de contextualizar la experiencia y hacerla suya. A veces también siento a Gadamer, en la fusión de horizontes que ocurre cuando un concepto adulto se encuentra con su lectura del mundo y emerge algo nuevo de ambos.

No cito a estos filósofos para lucirme. Los cito porque nombrar los conceptos los refuerza y profundiza la comprensión, exactamente como escribí en el post anterior.

La Sombra de Jung y los sueños

Hay otro pensador que últimamente me acompaña en este territorio: Jung. Durante los últimos meses he recordado a menudo mis sueños, y mis pesadillas. Pero algo era diferente respecto al pasado. No los vivía con el terror habitual, casi era consciente de estar dentro de ellos. En dos o tres casos me desperté, pero sin pánico, simplemente despierto. Y cada vez analicé lo que había ocurrido.

Me encontraba siempre con el mismo concepto: arquetipos. Hasta que empecé a estudiar a Jung directamente. Y en la Sombra, uno de sus arquetipos fundamentales, encontré algo que resonaba. Jung no dice que hay que vencer a la Sombra ni esconderla. Dice que hay que integrarla, casi convencerla, reconocerla como parte de nosotros. No está lejos de lo que escribí sobre el miedo: no eliminarlo, gestionarlo. No combatirlo, darle el papel correcto.

El inconsciente se comunica. Y aprender a escucharlo, incluso a través de una pesadilla casi lúcida, es otra forma de no dejarse arrastrar por la narrativa común que nos pide mantener todo en compartimentos estancos.

La narrativa común y su coste

Esa narrativa, la conozco bien. Te dice que debes cerrar todo, separar, compartimentar. El trabajo por un lado, la familia por otro, los miedos encerrados en un cajón. Pero cuando consigo no caer víctima de esta lógica, cuando me permito vivir dentro del caos en lugar de combatirlo, me siento mejor. No siempre. No perfectamente. Pero noto la diferencia.

El miedo seguirá existiendo. La Sombra seguirá existiendo. La diferencia la hará cómo existen, y cómo elegimos gestionarlos.

Scroll al inicio