Hay momentos en la vida en que te ves colocado frente a ti mismo. Suena a frase de libro, de película, y en cierto modo lo es, pero las palabras se prestan a juegos del lenguaje, como diría mi amigo Wittgenstein, aunque solo sea por el contexto en el que caen. La misma frase puede empujarte a actuar, o despertar una fuerza que no sabías que tenías, o simplemente hacerte pensar. Llega de momentos difíciles, de una charla con amigos, de un libro, o de unas vacaciones en las que la mente ya no tiene nada que controlar y entonces vaga, y en ese vagar se abre un vacío. No un vacío vacío. Un vacío que muestra.
El vacío de las vacaciones
Durante estas vacaciones, vividas quizá por primera vez con verdadera serenidad, la mente se encontró en ese vacío. Y en ese vacío vi. Vi fantasmas que estoy afrontando, y duelen. Cuando no los ves crees que estás mejor, pero el dolor sigue vivo igualmente, pincha cuando por fin te los encuentras, y en ese momento piensas que estás peor. No es así, o mejor dicho, es distinto. Los estás viendo, los conoces, los estás afrontando. Y ahí es donde llega el miedo. Y ahí es justo donde toca trabajar.
A pesar de días apáticos, críticos, incluso de llanto, viví esas vacaciones de verdad, porque la mente reflexionaba, observaba, pensaba. La vuelta a casa, para mi sorpresa, pesó más de lo que imaginaba, casi al punto de llevarme a una crisis.
Greta, y el momento que no hizo falta contar
Greta lo entendió sin que yo dijera nada. De ahí nació una conversación, y de esa conversación un momento profundo para reflexionar juntos.
Reflexionar y pensar suelen mirarse con recelo, contrapuestos al hacer, o tachados de demasiado etéreos. No lo son, si trabajas sobre ello, si te pones en duda mientras lo haces. Si consigues sacar esa pizca de energía que hace falta, la mente tiene capacidades espectaculares, y lo digo justamente con esa palabra, espectaculares, porque estos días la he visto funcionar así.
Remapear, no borrar
El periodo que tengo por delante sigue siendo duro, joder si lo es, pero siento una fuerza y una serenidad casi desconcertantes. Cuanto más entro en contacto con mi pensamiento, más lo entiendo, más herramientas encuentro. Cuanto más comprendo la potencia del paso a paso del Go, y quien me lee desde hace tiempo sabe a qué me refiero, más fuerza encuentro para actuar. Los momentos bajos están ahí, joder si están, pero una salida con amigos ya tiene la capacidad de darles la vuelta, y el cerebro vuelve a estar ahí, listo para retomar el control, para remapear las conexiones.
Porque tengo memoria de las conexiones que crearon triggers, sesgos, problemas. Ahora trabajo para remapearlas. No desaparecen, siguen ahí, incluso como aviso, pero esas neuronas construyen caminos nuevos junto a los viejos. Otra capacidad espléndida del cerebro, si lo escuchas.
Escucharlo también significa poner un techo, unos límites, para estar mejor. Y estar mejor a veces significa decir no a personas que antes estaban y ahora no. Alguien que solo se quedaba cerca mientras tú no ponías límites se aleja solo en cuanto los límites llegan, una rama seca que se desprende. Otros, y de esto me alegro, se quedan, y casi te dicen bien hecho, porque ven que estás mejor aunque estar mejor pase por un no.
Paso a paso. Piedra a piedra.