El coste invisible

No puedo entrar en detalles con nombres y apellidos, pero quiero contaros igualmente el concepto, el mensaje que hay detrás de algo que he visto de cerca estos días. Una persona a mi lado ha cambiado de trabajo, uno de esos cambios que mueven a la persona, a quienes la rodean y al propio trabajo.

Cambiar a los veinticinco y después

Antes de los 25, cambiar normalmente no es difícil, aunque emocionalmente lo parezca, y ayuda a crecer. Hacia los 30 todavía es plausible. Luego pasan los años, llegan el matrimonio y los hijos, por citar dos ejemplos, y cada decisión añade un nivel de dificultad, a veces bloqueante. Influye la biología, pero sobre todo cómo hemos desarrollado nuestra capacidad cognitiva y todo lo que hemos construido alrededor.

Los estándares que nos echan encima

La sociedad, para bien y para mal, impone estándares, decisiones casi obvias, como si no pudiéramos salirnos de ellas. Pero vivir en sociedad no significa elegir un trabajo solo por la seguridad económica que ofrece, ni esperar a tener hijos hasta que esa seguridad esté conseguida o nos hayamos divertido lo suficiente. Y podría seguir. No es un juicio hacia quien prefiere esperar porque no se siente preparado, quien busca seguridad por sus motivos o quien desea un nivel de vida más alto. Las decisiones merecen respeto, las compartamos o no.

El coste que no aparece en ninguna cifra

El coste del que hablo es el invisible, porque no está en ninguna cifra, ni en un sueldo ni en un balance. Cuando comparamos dos trabajos comparamos números, y ese coste se queda fuera. Y sin embargo es altísimo. Hacer un trabajo donde nos sentimos apretados, y a veces sufrimos, nos pone con frecuencia de mal humor, con consecuencias en la salud física, en el rendimiento y, si tenemos familia, en las relaciones con quienes están a nuestro lado, casi en cascada. Pesa también para quien vive solo por elección. Al principio es invisible, luego se vuelve muy visible, y duele.

Lo que pasa dentro de una pareja

Pensad en dos personas que viven juntas, con hijos. Una tiene un trabajo que la mantiene bajo estrés negativo, ansiedad y malestar, y corre el riesgo de que lo perciban los hijos y la otra persona. La otra ya tiene sus propias cargas, entre trabajo y familia, y se encuentra con parte de la cabeza ocupada en sostener a quien lo está pasando mal. Menos espacio propio, menos descanso para todos. Y si esa segunda persona también está bajo presión en su trabajo, salir se vuelve todavía más difícil.

Las voces que llegan de fuera

Luego llega la sociedad a decirte «Tienes una familia», «Sufre ahora y luego irá bien», «Así te malvendes, no te pagan lo justo», y mucho más. Ahí es donde las decisiones se complican, a veces hasta ser imposibles. Hay quien no las toma, y aunque te hagan creer que todo va bien, los ves año tras año cerrándose, juzgando a los demás, a menudo para tapar sus propios problemas, y yendo cada vez peor. Y con la edad, como decía, cambiar resulta bastante más complejo.

Cambiar antes

Cambiar antes exige fuerza, sin duda, sobre todo en esa franja típica de los 35 a los 45, en la que tienes experiencia, quizá una familia, y en teoría ya has alcanzado algunas metas. Pero llevas la duda encima. Pensarlo y decidir actuar es difícil, y a corto plazo tiene un coste, a veces también económico, porque lo que ganes puede ser menos o no proporcional. Pero cuando ocurre se está mejor, y a veces se nota a los pocos días.

Un día pesado

Os lo cuento con un caso. En este momento yo cargo con mucho. Si la persona a mi lado no hubiera cambiado, me habría pasado cada día viendo tensión y ansiedad, y esa tensión habría ocupado una parte de mi cerebro, justo la que necesito para salir de mis propios problemas. En cambio, en dos días la serenidad en casa ha crecido de forma clara, y con ella la energía y las ganas de hacer. El viernes volví cansado y agotado, después de una llamada muy delicada, y la persona a mi lado mantuvo una calma notable, me ayudó a calmarme y hasta me dio alguna idea.

No es una certeza ni un automatismo, y el miedo a cómo irá el fin de mes sigue ahí. Pero una mente con más libertad tiene más opciones, y con más opciones crece la esperanza. Es una variable más, y pesa, a veces mucho. Puede que esa ganancia menor hoy genere más mañana, porque también las personas que nos rodean encuentran nueva savia.

Siempre he hablado más de bienestar que de felicidad, y ese nivel suele estar bien al alcance. A veces empieza con una decisión que ninguna cifra sabe medir.

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