Lo que ya tenía en el bolsillo

En el pasado, muchas veces tenía que decirles a mis hijos cosas como «No, no podemos, venid a la oficina que tengo que terminar un trabajo». Hoy ya no es así.

Si pienso en este último tiempo, desde mi iPhone he conseguido montar un flujo en el que, con herramientas como Claude, Git, Xcode Cloud y TestFlight, hago un ciclo completo de desarrollo iOS. Cuando hace falta, lo hago desde ahí, de viaje o en el parque con ellos.

Más hardware que software

Lo admito con total sinceridad, durante años usé el iPhone, el iPad y en parte el Mac por debajo de su potencial. No porque los subestimara, sino por falta de equilibrio con el software que usaba. También intentaba crearlo yo, pero cuando hay que pagar la hipoteca, las decisiones se van hacia otro lado, y esas ideas muchas veces no se desarrollaban o, peor, se quedaban en un borrador.

Con la actual generación de IA, con conceptos de automatización avanzados y con herramientas como Claude Code, no dudo en decir que mi forma de usar estos dispositivos ha cambiado radicalmente. Tengo más estímulos en el uso y en enfoques que ni imaginaba. Ahora siento que uso el iPhone y el iPad para todo lo que pueden hacer, y no solo para la parte a la que me había acostumbrado.

Una app que me hice yo mismo me llevó a usar mucho mejor los Atajos y el botón de acción del iPhone. Luego está la pasión por el Sudoku, el Kakuro y, desde hace poco, el Binary y el Hashi. Otra app mía crea las cuadrículas y las convierte en ebooks sobre los que escribir, incluso para imprimir si quiero.

Hay además algo que me importa, saber calcular de cabeza. Me encantan los números y, aunque lo pienso de vez en cuando, no estaba seguro de estar entrenándome. Por casualidad conocí y compré un soroban, el ábaco japonés, y de ahí descubrí el anzan, el cálculo mental que se construye con esa herramienta. Me creé un pequeño juego para practicar, con datos (sin gamificación) para entender cómo avanzo hacia el anzan. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero ese tiempo siempre se iba en otra cosa. Ahora existe y lo uso. Y quizá me sirva a mí como a muchos otros.

Mi ejemplo, como programador, es distinto, porque puedo crearme las herramientas. Para otros no es así, es inútil negarlo.

Herramientas bien hechas, usadas a medias

Hablando con personas por trabajo, voluntariado o simples charlas con amigos y conocidos, he notado una cosa. Sin entrar en detalles, una persona que conozco por trabajo tiene mucha burocracia que gestionar, con muchos datos y fórmulas. La IA podría echar una mano, pero el problema viene antes. Muchas herramientas informáticas, técnicamente deterministas porque se componen de reglas, introducción de datos y cálculos, se usan poco, y lo más avanzado suele ser un Excel, solo porque la propia persona se encarga de ello. Si no, se correría el riesgo de quedarse solo con el papel.

Alrededor de esta persona, muchos, quizá también por experiencias pasadas, tienden a desconfiar y les cuesta usar este tipo de software, ni hablar de la IA. Y eso hace pensar en cuánto podría cambiar. A menudo la herramienta existe, pero se usa poco, a medias o incluso mal.

El pensamiento viene antes, y también después

A menudo lo que falta es metodología y, si queremos ir a lo concreto, pensamiento. Hacer es cómodo. Se conoce, cuesta esfuerzo pero se ve enseguida. Un método cuesta más al principio y los resultados llegan después. Si os acordáis, en otro contexto hablé del «hacer por hacer». Ese concepto aparece también aquí, con mayores riesgos, porque sin un método, a medio plazo, las situaciones tienden a empeorar, para todos.

Y el pensamiento sirve también después, para mantener viva la herramienta, actualizar los procedimientos, llenarla como hay que llenarla y no dejarla como estaba el día que se configuró.

En todo esto pienso en quienes exaltan la IA y en quienes la demonizan. En ambos casos la mirada, a veces con un detalle exagerado, se queda en la herramienta y no en el pensamiento que viene antes. Lo irónico es que este pensamiento me llegó precisamente de personas muy críticas con la IA.

Las preguntas correctas

No quiero ser repetitivo con la IA, pero hay un aspecto en el que de verdad cuenta, cuando con sus preguntas y observaciones estimula mi pensamiento. Entre humanos es perfectamente posible, pero a menudo se descuida, o es imposible por la distancia y otros problemas logísticos. En esto, la IA consigue que diga «joder, es verdad», y a partir de ahí desarrollo.

Un ejemplo reciente es la construcción de este post. Tenía una explicación mía sobre por qué ciertas personas no cambian. La IA, Claude, me hizo notar que, escrita así, era un juicio y no había forma de demostrar que fuera errónea. En ese momento me detuve. Repensé, reescribí el borrador y me hice ayudar con la edición.

El espejo cognitivo, como concepto, tiende a estimular y activar componentes del pensamiento que a menudo están presentes pero dormidos. Algunas personas lo consiguen, pero no siempre están a nuestro lado. Quizá la IA pueda ayudar. Aquí no me refiero a la automatización ni a la programación. Me refiero a algo que trabaja sobre el pensamiento, lo estimula, ayuda a mantenerlo vivo, a entrenarlo y a llevarlo a generar más.

No es fácil, pero tampoco imposible. Pienso en quienes tienen herramientas bien hechas y las usan poco. Para ellos, quizá, la IA más útil al principio es un interlocutor que ayude a mirar cómo se trabaja y a aprovechar mejor lo que ya hay. Un flujo con IA, si hace falta, viene después.

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