En La vuelta al mundo en ochenta días, de Verne, Mr Fogg se da cuenta de que el carbón no bastará para llegar a Inglaterra y empieza a arrancar todo trozo de madera disponible. Pero no lo hace de forma irracional, aplica criterio incluso en un momento, de hecho, desesperado. Parte de lo obvio, camarotes y literas, luego los mástiles, luego buena parte de la cubierta, y deja intacto el casco, de hierro, porque sin él el viaje se acaba. Mantiene en pie lo mínimo necesario para seguir adelante, y lo consigue.
Empezar por lo obvio
Fogg es imperturbable, incluso entonces. Yo no, no me parezco en nada a él, pero este mes esa imagen se está volviendo fundamental para mí. Me muevo buscando plenitud en cada jornada y eligiendo con mesura cada trozo de madera que quemo. Como Fogg, parto de lo obvio y protejo lo que no puede arder. Para mí son las horas de sueño, mi casco de hierro. El resto lo elijo con criterio, desde lo que se puede aplazar un poco hasta lo que pesa también sobre otros, protegiendo primero a quien sostiene más trabajo.
Presencia hecha de palabras
Pero en lo que quiero detenerme es en las personas que tengo alrededor. Como bien sabéis, no me ahorro la verdad, no tiene sentido mentir, quitar importancia u ocultar el momento. A mi alrededor he encontrado también presencia hecha de palabras. Frases como «Si necesitas algo, llámame» o «Vale, entiendo lo que dices», dichas sin duda con buena intención, pero que me dejan a mí la tarea de pedir y, a veces, la de no molestar con mi estado de ánimo. No las juzgo, soy consciente de lo difícil que es saber qué decir en estos casos. Pero, por contraste, me han hecho darme cuenta de algo.
Una escena que Verne no escribió
Para contároslo, voy a añadir una escena que Verne no escribió. En el libro, Passepartout corta y sierra con todas sus fuerzas, y forma parte de quienes ya estaban allí, como algunas de las personas que me rodean. Aquí, en cambio, Fogg, agotado, arranca otro trozo de madera, con un amanecer neblinoso alrededor en el que se mueve a duras penas. Tira, vuelve a tirar, y de pronto se suelta. Se da la vuelta y, de entre la niebla, aparece el rostro de una persona que no esperaba, dispuesta a ayudarle, no con la típica frase hecha, sino ahí, de forma concreta, echando una mano.
Quédate donde estás
Luego sucedió de verdad. Hace unos días una persona, de la que no diré el nombre, pasó a la acción. Me había dado un paseo corto para recuperar energía y me había sentado en un banco, en un pequeño jardín. Un poco de grounding, la mente divagando para recuperar energía y capacidad de acción. De pronto me llega un mensaje.
«Ey tú»
«¿Puedo hacer algo por ti?»
«¿Puedo ayudarte en algo?»
«QUÉDATE DONDE ESTÁS»
«En cuatro minutos me ves»
Mientras me giraba, intrigado, buscándola con la mirada, contesté «Okkkkey 🤣». Ella: «Perdona los mensajes amenazantes jajajajajajaja». Yo: «Muy CIA 🤣».
La conozco desde hace poco, pero ya sabéis lo que pienso del tiempo físico y del percibido: el primero la cuenta en meses, el segundo en lo que pesó esa mañana.
Estos gestos marcan la diferencia porque te hacen pensar. Te hacen pensar que no hay solo niebla, que en la niebla hay rostros y personas. Dispuestas aunque sea a una sonrisa y a una palabra. Gestos potentes y útiles para seguir adelante en este complejo viaje.
Ella no me dio una solución, pero me ofreció esa gota extra de fuerza. Que quede claro, eso no significa que antes no hubiera nadie, porque si pienso en algunas personas clave, sin ellas probablemente ni siquiera estaría «de camino a Londres».
La madera que quemo la sigo eligiendo yo. Pero ahora sé que, de vez en cuando, de entre la niebla, alguien llega a sostener el otro extremo.