Aceptar no basta: por qué no sucumbir es el verdadero desafío

Si recordáis, ya escribí sobre la aceptación. Junto a esa palabra hay otra interesante: sucumbir. Dicho así suena negativo, y mirando de cerca su etimología, esa impresión resulta correcta.

Pero cuanto más pasa el tiempo, más me doy cuenta de que junto a otros pasos y evoluciones, uno de los mayores desafíos no es vencer, eliminar u olvidar los dolores del pasado. Es no sucumbir a ellos. Esta palabra está estrechamente ligada a la aceptación, quizás sea su finalización natural.

Aceptar no significa estar bien

Cuando empecé a entender el origen de uno de mis desencadenantes, cuando aprendí a reconocerlo y aceptarlo, solo quedaba una cosa: no dejar que me afectara. Uso esta expresión deliberadamente. Aceptar no significa automáticamente estar bien. Significa que la mente lo reconoce, lo procesa, lo acepta.

Pero para completar el proceso, cuando el desencadenante reaparece, un recuerdo, cualquier cosa, no debemos sucumbir a él. No debemos volver a sufrir por él. Porque incluso habiéndolo aceptado, si nos sigue afectando, o peor, sucumbimos a él, significa que no lo hemos procesado de verdad. Significa que seguimos a su merced, aunque en apariencia pensemos lo contrario.

Cuando la metacognición se convierte en espectadora

¿Sabéis cuándo os dais cuenta de todo esto? Cuando estáis cansados. No es casualidad que escriba esto hoy. Conocéis el período de cansancio del que vengo, y precisamente en esta última semana he empezado a procesar mejor el desencadenante, a llevar la aceptación a un nivel superior. Por nivel superior entiendo ese momento en que el desencadenante ocurre pero ya no te controla.

No es fácil. En absoluto.

Cuando estamos cansados, nuestros filtros decaen. Incluso la metacognición corre el riesgo de convertirse en alguien en el sofá con palomitas, comentando la escena sin actuar. Nos observamos a nosotros mismos con conciencia, pero no conseguimos actuar.

Y sin embargo, quizás no sea incorrecto decir que precisamente en estos momentos algo se activa. Es como tener la espalda contra la pared, y encontrar en ese momento la fuerza en todo lo que hemos construido antes. Nos vienen a la mente frases, citas, filósofos, de todo. Y si conseguimos usar esa pizca de energía cognitiva que queda, podemos construir el momento siguiente.

El momento siguiente significa dejar de estar a merced del sufrimiento, del desencadenante. Y pensando en la estrategia del Go, son las piedras colocadas en el pasado, en los momentos tranquilos, las que marcan la diferencia precisamente en los momentos menos tranquilos. Porque ahora, cansados pero profundamente conscientes, en lugar de ceder nos hacemos una pregunta simple, sencilla, poderosa: «¿Qué puedo hacer?»

La liquidez, un ejemplo nada casual

Y ahí es donde surge la solución, la que en el pasado esperaba que llegara de repente, pensando que dependía de terceros o de eventos fuera de mi control. La solución es observar el aquí y ahora. Actuar paso a paso. No negar la rabia ni los sentimientos negativos. No negar el cansancio. Escuchar el cuerpo.

Pongo un ejemplo que no es nada casual, porque lo estoy viviendo ahora mismo. ¿Tenéis un problema de liquidez? No corráis hasta agotaros para recuperar uno con un coste de mil. Seguid invirtiendo en la estrategia a largo plazo, la que es capaz de generar estabilidad real. Observad qué funciona ahora mismo. Qué tengo que pagar hoy, no qué tendré que pagar dentro de dos meses.

Pasad incluso diez días recuperándoos con vuestras propias actividades de recarga, manteniendo el trabajo al mínimo indispensable, y notaréis que la energía vuelve. ¿El cansancio desaparece? ¿El problema está resuelto? Para nada. Pero la mente está más preparada.

Agosto está por delante, otro mes capaz de asustar a quien tiene problemas de liquidez. Pero si habéis recuperado algo de frescura, invertid en esas piedras del Go a largo plazo, las esenciales. Llegad a septiembre. Con algo de creatividad, encajad lo mejor posible la liquidez. Y seguid colocando piedras.

Mientras tanto, como siempre ocurre, los pagos atrasados empiezan a llegar, algún trabajo estándar empieza a aparecer. Pero el mejor éxito es otro: vosotros. Habéis recuperado energía, no os habéis movido de forma ilógica, sin burnout, y habéis invertido a largo plazo. Los resultados empezarán a capitalizarse poco a poco en invierno, y el próximo verano podríais encontraros en la situación opuesta a la de hoy.

Dos maneras de enseñar lo mismo

¿Cómo se consigue todo esto? Aceptando, y luego, como siguiente paso, evitando sucumbir a las situaciones y a la emotividad que generan.

Al fin y al cabo, Epicteto y Marco Aurelio ya lo enseñaban, cada uno a su manera. Epicteto era un antiguo esclavo convertido en maestro, y enseñaba a través de la dialéctica, distinciones lógicas precisas sobre qué depende de nosotros y qué no. La suya era teoría pura, rigurosa, casi matemática en su estructura.

Marco Aurelio, en cambio, no enseñaba a nadie. Escribía para sí mismo, como ejercicio privado de autodisciplina, mientras gobernaba un imperio bajo presiones enormes: guerras, epidemias, traiciones. Sus Meditaciones no son un tratado, son un hombre aplicando la filosofía mientras el mundo a su alrededor no le daba tregua.

En este período, con la liquidez, el cansancio, todo lo que estoy gestionando, me siento más cercano a Marco Aurelio. No estoy teorizando, estoy aplicándolo, ahora mismo, mientras aguanto. Pero sé que cuando la calma vuelva, será el turno de Epicteto, el momento de volver a poner orden en la teoría, distinguir de nuevo con claridad qué depende de mí y qué no, para estar todavía más preparado la próxima vez que llegue la presión. Los dos no se excluyen. Se alternan, según el momento que se vive. Y cuanto más pasa el tiempo, más me gusta este equilibrio, y más me ayuda.

Scroll al inicio